Decidí volver a vivir a Córdoba, al menos hasta fin de año. Lo elijo conscientemente, porque creo que es lo mejor dadas las circunstancias. Sé que no es definitivo y que es para mejor. Que es un cambio transitorio y realmente creo que va a ser para mejor, para crecer, para vivir. Siento que es el análisis racional vendrá más adelante, en su debido momento.
Poder justificarlo, entenderlo, procesarlo, decidirlo y ejecutarlo no quiere decir que no duela.
Creo que puedo estar exagerando, que tal vez todo sea más gradual o menos trascendental. Hoy me duele todo, doblemente. Me duele y me gratifica lo que tuve. Lo agradezco. Fui buscando una cosa y encontré otras, muchas otras, que se multiplican.
Fueron menos de cuatro años viviendo en Buenos Aires, menos que la carrera que estudié, sin embargo siento que en estos años definí la persona que quiero ser, por lo menos como búsqueda, como posibilidades. Sé que la mayoría de las cosas están en mí y van a seguir conmigo a donde vaya, que nadie me puede quitar lo bailado. Pero igual me duele.
Me duele lo físico, lo material, lo tangible. Me duele la pérdida de una rutina que me hacía muy feliz, la pérdida de lugares conocidos, cómodos, compañeros, amables. Me duele saber que no voy a poder salir a caminar por mi barrio, ver esos edificios parisinos, las esquinitas, los bodegones, las idas al teatro, la birrería tras birrería, los subtes, el sistema de transporte, las plazas, saber en qué horario del día hay sol en cada lugar. Lo que me gusta y lo que no me gusta.
Me duele lo afectivo. Las relaciones, los encuentros casuales, las despedidas pendientes. Me duele mi familia elegida, incluso con las contradicciones que estaba teniendo con eso. Me duele sentir que pierdo espacios ganados, conquistados, por mí mismo, de la nada.
Sin duda fue en Buenos Aires que encontré el valor que tengo. Aprendí, y transité por el cuerpo, diferentes posibilidades de lo que puedo ser. No me quedé con ganas de probar nada y me redescubrí con intereses legítimos, sinceros, reales. Con una pasión que se retroalimenta, con una curiosidad latente y creciente, que pregunta, que cuestiona, que quiere entender y a la vez romper con el concepto enquistado.
La vida se trata de elegir, y en eso, encuentro orgullo. Incluso en las cosas que hoy no elegiría encuentro la valentía de decidir y de hacer. Siempre accionando.
Que sentimiento agridulce, relativo, poco concreto. Siento que me falta perspectiva para analizar todo. Me siento tan débil, tan pasado por arriba, arrasado por la realidad y al mismo tiempo lo suficientemente fuerte para decidir y no dejar que las cosas pasen.
Hay mucho enojo también. Conmigo, con otros. Hay ganas de pelear y también hay sensación de que di muchas peleas sin sentido, de que no pude parar a tiempo, de que poseo un optimismo infantil y que la vida no es así, la vida decepciona muchas veces.
Todo fue muy rápido, y si bien la sensación de estar abandonando mi mundo, propio, mío y de nadie más, no sale de mi mente; las palabras que recibí de las personas con las que comparto ese universo me llenan de felicidad y fuerza para combatir, para declarar hacia donde quiero ir y no parar hasta llegar. Hay personas que apuestan por mí, y eso me honra.
Siento que no puedo compartir lo que me pasa, lo que siento. Que nadie puede sentir lo que siento, y que no hay palabras que den cuenta de ello. Creo que no se está entendiendo nada de lo que escribo y tal vez sea eso lo que calificaría de mejor manera mi situación actual: confusión.
Tal vez, este texto poco claro, no pensado, y sin pretensión de aclarar nada, cumpla un rol catártico, liberador. Incluso un rol informativo, porque tampoco pude poner en autos a todas las personas que hubiera querido.
Tal vez, mañana, lea esto, y piense en que no concuerdo con nada de lo escrito. Tal vez la luna esté pasando por algún tránsito complicado y mis amigos astrológicos me den la explicación de los planetas a lo que me pasa.
Tal vez, no hay explicación. Tal vez me sigo peleando con la idea de que la vida es esto, y nada más. Decisiones, elecciones, compartir, no quedarme con las ganas de hacer nada, confiar en mi intuición. La vida es llorar, reír, bailar.
La vida también es despedirme tomando una botella de jagermeister al mismo tiempo que tomo el helado que más me gusta de Buenos Aires, con amigos con diferente historia, que me bancan, me acompañan, me miman, en un silencio cómplice, en un abrazo invisible pero poderosamente cálido. Un abrazo que alivia, que me hace pensar que todo va a estar bien.
Hasta la próxima.