Son las 2:22 de un jueves que recién comienza. Me despierto pensando que son cerca de las 5am, que tengo que poder dormir un rato más antes de levantarme para ir a la oficina. Estoy sobresaltado, con una conclusión, que olvido rápidamente. Es que últimamente pienso dormido, razono, le busco soluciones a los problemas que enfrentamos en el trabajo.
Estamos hace unos meses en una situación muy compleja, en la que la incertidumbre no nos está dejando ni dormir. Es la pelea del huevo y la gallina. ¿Qué fue primero: la pérdida de garantía del cumplimiento de ciertos derechos o el mercado y la complicidad estatal ganándole a las obligaciones que conllevan esos derechos?
Yo siempre lo vi por el lado de los derechos. Vi cómo poco a poco se fueron implementando pequeños cambios, siempre tendientes a favorecer a los grandes y perjudicar a los pequeños. Derechos y obligaciones. Qué lejos que estamos de poder hablar de lo que “debe ser”. En salud mental, muy a mi pesar, todo es relativo. Todo es al momento del examen. Todo debe adaptarse a lo que el paciente necesita, a lo que la situación requiere.
Se hace una lectura, se toma una medida, se ejecuta y se ve cómo se inserta dentro de las posibilidades del sistema. Siempre creí que esta forma de pensar y actuar era mía, que era propia, y recién ahora descubro que tiene que ver con una ideología, con una posición frente a las cosas que me la dio primero el modelo de trabajo en salud mental en el que me formé y luego las leyes que vinieron a darnos un respaldo legal a situaciones que durante años se hicieron sin ese sostén.
Ahí aparecieron los derechos y las obligaciones, escritos por los legisladores provinciales y nacionales. Pero no hay ley que pueda dar cuenta de lo que es el trabajo con la otra persona, los micro logros celebrados en una sala de espera, ver el cambio en alguien que llega de una forma y se va de otra, que muestre lo que se siente al recibir el agradecimiento por haber cambiado la vida de alguien. Porque eso hacemos y eso nos dicen. “Ustedes me cambiaron la vida” escuchamos. Y nos hacemos cargo de eso… Porque nos llena de orgullo, y se nos infla el pecho de saber que siempre estamos y vamos a estar del lado del paciente, aunque seamos incómodos para las obras sociales y prepagas, aunque no se entiendan muchas cosas de nuestro accionar. Hemos logrado un modelo de trabajo que siempre está en función del paciente, tanto desde el servicio profesional como la asistencia administrativa. Siempre primero el paciente.
En más de 16 años de historia no se dejó de atender nunca a nadie. Ni por falta de cobertura, ni por no poder pagar, ni por problemas horarios. Se han atendido todas las crisis y no ha habido consecuencias graves. No por magia ni hechicería, sino por poner el cuerpo.
¿Cómo se da cuenta en una carta documento del trabajo de tantos años? ¿Cómo se cuentan los pequeños casos, lo simbólico, lo consecuencial a la puesta de cuerpo, de la escucha y de la intervención certera? Se ve el destrozo por venir, que se acerca. Esperamos, tal vez ingenuamente, que se enmiende el error, porque la única posibilidad de que esto no sea un error es que sea un acto de malicia, de desguace. Porque encima somos rentables. No internamos, nunca. La ley nacional de salud mental dice que la internación psiquiátrica debe ser el último recurso terapéutico, y sólo debe indicarse cuando no haya ningún dispositivo que pueda aplicarse antes. Sería mentira decir que nosotros lo hacemos por la ley. La ley, en definitiva, vino a darnos el sermón que necesitábamos para repetir y aplicar como testigos de jehová nuestras creencias. Porque evitamos las internaciones por el estigma que generan, por la pérdida de derechos que significó siempre una internación psiquiátrica y que aún hoy, con legislación en plena vigencia siguen implicando. Un sujeto que ingresa a un manicomio deja de ser un sujeto de derecho.
Si algo me pareció fuerte en este trabajo, de soporte al área clínica, es el relato -en general en la sala de espera o por teléfono- de las internaciones y de los diagnósticos. La etiqueta por sobre la persona. Yo soy X, como soy X, tomo tantos miligramos de la droga Y, y cada tanto me interno en la institución Z.
Salir de la lógica de los diagnósticos es una de las cosas más difíciles de la práctica cotidiana, de la charla con amigos o desconocidos al contar que trabajo en salud mental. La técnica que mejor me funciona es la de explicarlo como si fuera para un niño de 5 años. “Esta persona está mal y viene acá para estar mejor”; “hay que ver por qué está así”; “¿por qué esa persona es más usuaria de salud mental que yo que tomo medicación para dormir y me analizo desde los 14 años?”, y así podría seguir.
La demanda de enfermedad es enorme. Uno encuentra la enfermedad, la medicación que busca curarla -porque en general no funciona, como si no darle en la tecla fuera la clave de la psiquiatría clásica- y luego el mantra de “yo soy X, y como soy X…” lo que sea. X puede ser bipolar, esquizofrénico, depresivo, maníaco, cualquier cosa. Y siempre es lo mismo: un límite. Algo que explica el por qué esa persona es limitada.
Sería mentira decir que somos todos iguales y que trabajamos todos de la misma manera. Porque mucha gente ha pasado, y seguramente mucha pasará, es parte de lo que sucede. Y algunos, lamentablemente “marcan tarjeta” y hacen su trabajo cual repositores de supermercado, CEO de una multinacional, taxista o cualquier otro trabajo menos que el que toca.
Trabajamos con nada más y nada menos que con el padecimiento de las personas, creo que no hay espacio -por lo menos en el modelo que nos guía, en nuestro paradigma de ver la salud mental como parte inseparable de la salud general- para poner por delante el sufrimiento o la comodidad propia.
Veo la explicación basada en la subjetividad de los debemos cumplir funciones en este engranaje terapéutico y me agarra una mezcla de angustia y odio que solo puedo calmar con dos frases: “no somos todos iguales” y “no aprendieron nada de su paso por acá, no entendieron qué hacemos”. ¿En qué lugar queda el deseo de esas personas? ¿Desean realizar su trabajo y recibir una remuneración acorde como cualquier asalariado de las tantas ramas y posibilidades que brinda el amplio campo laboral?
Esto no planea ser más que una reflexión de madrugada, que un vómito de ideas y pareceres que vienen moviéndome en los últimos meses, porque es mucho el esfuerzo que se hace para sostener lo que muchas veces es invisible para el resto.
Lo nuestro es incómodo, es difícil, pero es sumamente apasionante. Es totalmente recompensado por los dichos de los pacientes, por los cambios en los pacientes, por los lazos creados. En definitiva siempre se trata de eso, de lazos sociales. De cómo ciertas prácticas cortan los lazos sociales y dividen al paciente del resto, del administrativo que es cuerdo, del profesional que es idóneo y encarna el saber mediante su práctica clínica.
¡Puras patrañas! Porque si algo nos llevó a donde estamos es la locura, la propia, la de ir contra la corriente, la de seguir buscando el hueco, el intersticio para entrarle al sistema, para salvar a alguien, para evitar un estigma, para restituir lo ya quebrado, para construir un sentido de vida que permita nada más y nada menos que vivir. Porque eso hacemos, todo lo posible para crear y multiplicar vida, con sentido, con ganas de vivir.
No habrá amenazas, crisis económicas, problemas internos, auditorías médicas, rescisiones de contratos, presiones ni desidia que nos aparte del camino que nos hemos fijado. Porque también sería mentira decir que lo hacemos sólo por el otro y no por lo que nos genera la victoria de la inclusión de cualquiera que previamente haya sido excluido.