Amanecer del 23/06/2016, llegando a San Pablo (supuestamente).
Cuando llegué a EEUU, en el primer viaje que hago solo en mi vida, viví una de las situaciones en las que más indefenso me sentí. 
Llega mi turno en el puesto de migraciones, controlan mi documentación y me dicen que un oficial me iba a acompañar para otro lugar. Ahí arrancó la odisea.
Mientras caminábamos al «otro lugar» este oficial me preguntaba cosas como por qué iba solo, cómo pagaba el viaje, si conocía personas en EEUU, etc. Yo respondía y él me decía «veremos si es así» entre otras cosas que me pusieron muy nervioso.
Me llevaron a una sala de espera gigante donde había otras personas en la misma situación y se quedaron con mis documentos. Me llamaron y me volvieron a hacer las mismas preguntas. Me hicieron sentar. Me llamaron, las mismas preguntas y unas nuevas: si tenía pasaporte europeo, si había vivido en otro país, etc.
Parece que el problema era que en mi antiguo ingreso a EEUU no era necesaria la visa, y ellos no podían entender por qué en un ingreso no tenía visa y en otro sí.
Me hacen ir a retirar mi valija (la última) y continuar el curso normal. Cuando pasan mi valija por el escáner vuelven a separarme del grupo general, me vuelven a la sala de espera, me hacen sentar y me llaman para revisar la valija. Finalmente luego de volver a repetir las preguntas, la revisan y me dejan ir (y me fui lo más rápido que pude). 
A la salida me hicieron hacer dos veces migraciones porque tenía un poquito de agua en la botella de un museo que traigo como recuerdo. Dos veces la fila, control de documentos, sacarme las zapatillas, la compu de la mochila, reloj, cinto, pasar por el scanner, etc.
Hasta ahí estaba furioso con EEUU y pensando seriamente en no volver, pero me di cuenta de algo mucho peor.
En Nueva York paré en Brooklyn, en un barrio que se llama Crown Heighs y cuya comunidad es en mayoría afroamericana y Caribe descendiente.
Al volver de noche yo salía del subte con la llave del departamento en la mano y caminaba rápido para entrar y que no me pasara nada. Hasta el último día no había dado la vuelta a la esquina por miedo de que me pudiera pasar algo. Entonces pienso, y ahora viene la reflexión…

¿Qué diferencia hay en cómo me trataron a mí al ingreso y salida de EEUU a la forma en la que yo traté al barrio donde me hospedé? Me pregunto, ¿cuál fue la diferencia entre las miradas que me dieron a mi en el aeropuerto a las que yo les dí a las personas que estaban en la cuadra del departamento?
La diferencia era que yo miraba con miedo y a mí me miraban con desprecio, pero en definitiva hay una coincidencia: son miradas hacia personas peligrosas.

¿Es una cuestión cultural? ¿Es algo impuesto por los medios de comunicación, por las grandes potencias mundiales, por el capitalismo, por quién? No lo sé. Lo único que sé es que quiero estar atento para no dejar que esas limitaciones entren a mi vida, porque sin darme cuenta encuentro en mi accionar cosas de un modelo opresor y discriminador que no comparto.

Elijo vivir pensando que «el otro soy yo», y cada día me doy más cuenta de que se trata de una lucha diaria y de que sin duda la batalla más fuerte es la que hay que dar contra uno mismo.