Cuando una herida hace raíces ya es demasiado tarde, porque en el recorrido encontramos incontables bifurcaciones que vuelven a dividirse una y otra vez, como un virus -si se me permite en este momento- va contagiando a las personas de un edificio, luego a las del barrio, a las de la ciudad, a las del país, a las del continente, hasta convertirse en una pandemia.
El origen es confuso y es lejano e incluso es difícil hallar las raíces secundarias o terciarias. El hecho, el trauma, va dejando su huella que son los signos que vemos. Puede ser esa risa que ya no se escucha, los dientes que ya no se ven, las conversaciones que ya no se tienen. Los síntomas también están, tal vez en el miedo a lo desconocido, en un buen ataque ante la falta de confianza, en la elección de la soledad como resguardo personal, como hogar, como trinchera, como cobija.
¿Elegirnos con éstas raíces bifurcadas o bien cortarlas de raíz, valga la redundancia, para llegar al fondo de la cuestión, es una posibilidad?
Antes de que se enojen quienes vienen del campo de la biología, hago una aclaración: hay plantas sin raíz. ¿Pero hay ser humano sin herida?
¿Qué preferís? ¿Una raíz con mil bifurcaciones o una pequeña? Tengamos en cuenta que es justamente ella quien se encarga de brindarnos los nutrientes necesarios para la subsistencia, es lo que nos mantiene firmes en la tierra, en vida.