La inacción. El congelamiento total. Pensamiento y ejecución, ambos paralizados. No puedo juntar las cosas que vine a buscar a Buenos Aires. No puedo hacer lo que vine a hacer. Vine a sacar toda la subjetividad, todo lo propio, que hay en el departamento en el que vivía hasta hace unas semanas.

En lo consciente todo es práctico, todo es resolutivo, todo es lógico, para economizar, la mejor opción. Es lucidez, rapidez de llevar a cabo lo que la situación requiere.

En lo simbólico es una puerta que no pude cruzar en todo el día. En lo que no es real está la historia detrás de la realidad. Está cada libro que compré, está mi biblioteca, que estaba empezando armarse. Están las primeras obras de teatro que leí. Está el lugar donde leí cada libro, las plazas, los subtes.

En lo real hay infinitas posibilidades de vuelo. Hay crecimiento, hay aprendizaje, hay distanciamiento e individualidad. Estoy yo. Pero en lo no real también estoy yo. Está mi historia. La reciente y la no tan reciente.

Creo que la vida es una sucesión de eventos hasta que llega la muerte. De elecciones. Y me da muchísimo miedo saber cómo cambio de planes en tan poco tiempo. Todo me interesa, todo me mueve, todo me lleva a la acción. Sé que es una virtud, pero qué cagazo no saber a dónde me va a llevar la próxima decisión que tome.

A veces decisión y a veces acontecimiento. A veces es solo un encuentro, que modifica, y que a partir de ahí se cambian los planes. Otra veces es un desencuentro, un corazón roto, el que hace ver la imposibilidad de concretar determinadas cosas.

Es que vivir es mucho más complejo de lo que me hicieron creer toda la vida. Vivir implica someterse a muchos sistemas. Y si elegimos salirnos de esa, la pelusa del durazno puede ser bien áspera.

Pienso mucho. Quiero controlar todo. Eliminar la incertidumbre. La vida me golpea para que aprenda y yo sigo firme, estoico, rígido. ¡Pero que terco, che!

Que feo es desperdiciar vida. Aunque sean unos simples minutos. Esa vida desperdiciada no se recupera, y si bien el aprendizaje queda, también quedan las cicatrices, los nuevos miedos.

Creo que se vienen tiempos de cambios, tiempos de poner mi capacidad al servicio de mi entusiasmo, de volar, de ser más aire y menos tierra. Creo que tengo que seguir deconstruyendo muchas cosas, romper, romper, romper, escarbar, sacar capa tras capa de la cebolla que soy hoy hasta ver que hay debajo. Porque viví equivocado mucho tiempo, y eso duele. Tomé decisiones equivocadas, que duelen.

Creé un personaje social, que entiendo, y veo los indicios por los cuales pueden creer que soy como soy. Pero me pregunto… ¿Quiénes me conocen realmente? Y acá la pelota vuelve a mi lado de la cancha, porque no me voy a hacer el gil. ¿Por qué no me dejo conocer? ¿Por qué siento tanta presión por hacer las cosas bien?

Que miedo me da pensar en el último segundo antes de mi muerte, en mirar para atrás y ver todos esos segundos en los que tuve que tomar una decisión y le erré. En los errores que arrastraron a otras personas. En los cuidados que no deberían haber existido.

Un simple malentendido puede cambiar todo. Ya nada es igual. En lo real todo tiene solución, todo puede ser dotado de sentido para sostener la ficción que es en definitiva la vida misma, para sostener la escena que vamos haciendo momento a momento. Pero en lo simbólico el costo tiene muchas dimensiones, a veces no se puede ni expresar, ni dimensionar. En lo simbólico está lo emocional de la ficción, que paradójicamente es más real que la construcción lógica. En lo simbólico están las cosas sin explicación. Lo que es y ya no es. Lo que nunca fue pero que parecía ser. Lo que sabemos que no es, pero queremos que sea.

 De a momentos pienso mucho y de a momentos pienso poco. De a momentos estoy totalmente racional y de a momento me arrasa lo emocional.

Y esta vida, la vida que construí, no me deja parar. No me deja poner pausa. No me deja hacer procesos paralelos. Esta vida me exige y yo he cumplido siempre. Tal vez, sea el momento de matar esta vida, para que florezca otra. Una vida en la que lidere el entusiasmo y no la necesidad, en la que la exigencia sea por la pasión de conocer, de descubrir, de aprender. No sé cuál es esa nueva vida, pero sé que voy a buscar hasta encontrarla.