Son las dos y cuarenta de la mañana y ella está dando vueltas en la cama. No puede dormir. Sabe que si lo va a hacer es esta noche su última oportunidad, pero hace apenas unas horas había decidido no hacerlo. Sin embargo, acá está, con la respiración acelerada, buscando dormir y sin poder lograrlo. Siente su propio pulso en la mano que reposa debajo de la almohada, más lento que su respiración, pero más rápido de lo habitual.
La logística está ensayada, no puede haber fallas en eso, pero sus ganas de no desearlo tan profundamente es lo que la limita en este momento. Piensa en que sabe que no debe hacerlo, pero siento un impulso sumamente carnal, como si se le fuera la vida en esto. Está sudando, aunque siente las sábanas suaves y frescas en las piernas. Abre los ojos, los cierra, y sólo piensa en ir una vez más a satisfacer su apetito voraz.
Mira la hora, dos y cincuenta y ocho. Sabe que cuenta sólo con un par de horas hasta que empiece a clarear y deba estar de nuevo en su cama, para que nadie sospeche. Sólo piensa en él, en cuanto lo desea, y en este secreto que mantiene hace dos años y que es el único que nadie sabe. El único secreto perfecto, porque aquellos secretos que se cuentan dejan de ser secretos, para reservarse al ámbito de lo que sabe un círculo cercano. Este es un secreto en mayúsculas.
Conoce la distancia que la separa, y es muy pequeña. Cientos de veces repasó esos pocos metros, desde aquella vez en la que se atrevió por primera vez a romper con el límite moral que le impedía consumar este acto tan fantaseado. Tiene la certeza de que esto no le conviene, de que mañana el cansancio se va a apoderar de ella, la mente va a estar lenta y el trabajo va a ser pesado.
Lo decidió. Va a ir a beber de esta agua prohibida que parece ser la única capaz de saciar su sed. Sale de su cama sigilosamente para que nadie la escuche, sabido es que a esas horas cualquier ruido es llamativo en un edificio, y para ahorrar tiempo decide solamente ponerse un abrigo y calzarse. Ahí está, un poco nerviosa e inquieta, con el corazón galopante, pero con una sonrisa de estar cumpliendo con lo que se le presenta como un deber hacer, cuando abre lenta y silenciosamente la puerta del balcón. Una vez allí, lo único que importa es no cometer errores estúpidos en la sencilla pero peligrosa tarea de cruzar a un balcón vecino.
Por suerte la distancia que separa un balcón del otro es menor a treinta centímetros, sería realmente un acto de mala suerte que esto fuera un impedimento para llegar sana y salva al otro lado. Cruza, y por un momento teme que la puerta esté trabada, pero no, está abierta, como todas las otras veces. Abre la puerta apenas y sonríe, está feliz de haber tenido el coraje de hacerlo. La abre lo suficiente como para entrar al departamento vecino, corre la cortina e ingresa. La distancia es cada vez menor, y a medida que se acerca siente un leve temblor recorriendo su cuerpo.
Está frente a una segunda puerta, la más importante, la puerta de su edén, o de su lugar para no pensar, para ser ella, de su lugar secreto. Entra y observa. Todo está como la última vez que fue, no nota ningún cambio. Sus sentidos están activos y atentos, y se predispone a tomar la primera prenda de este vestidor. Es un vestido largo, pero de una tela ligera, negro, con un escote profundo. Lo acaricia, mientras se va sacando su camisón y se descalza, y sólo por un instante se observa en el espejo completamente desnuda y con cara de dormida. Se pone el vestido y se mira, sonriente, mientras debate internamente qué zapatos va a elegir. Este es el primer conjunto, pero sabe que tiene tiempo suficiente para repasar sus favoritos y especular con los eventos en los que podrían usarlos. No es que a ella le falten, ni que su vecina tenga un guardarropa descomunal, pero es el único momento en el que ella se siente ella, siente su verdadero valor y siente que es ella para ella misma, y para nadie más. Su mirada es la única que importa, tanto como importan estos vestidos que son su compañía en las noches en las que su vecina se encuentra fuera de la ciudad. Suerte tiene de tener una comunicación fluida, y si bien podría preguntarle y hacerlo autorizada, este ritual tiene para ella algo mágico y a la vez muy terrenal, muy real, que lo siente en el cuerpo y en el peso de estos géneros, de los collares y aros que se pone. Una vez hasta se le dio por maquillarse.
Es que a la noche a veces el alma desespera, y necesita hacer algo, algo que salga de lo común. Tal vez por eso la noche es el momento ideal de los secretos perfectos, de lo que libera el espíritu, de lo que nos hace sentir especiales, casi como si se acercaran los extremos del bien y del mal y se diera licencia para dar cuerda suelta al mambo. Después de todo, qué hay más ingenuo que tomar prestado un vestido, por un momento.