No sé cómo fue que arrancó la charla, si cabe utilizar esta palabra, con esta mujer de cara agrietada, con reminiscencias a chamana de tribu indígena, proveniente de Brasil, más precisamente de Curitiba, ciudad para mí conocida, porque me habían llevado de urgencia de pequeño al apoyarme en el inexistente respaldar de una banqueta y caer de cabeza al piso en el medio de unas vacaciones en algún pueblo cercano.

Ella hablando portugués, con algunas palabras en español, nosotros escuchando atentamente y devolviendo gestos de entendimiento, de seguimiento de este relato que a veces se volvía muy complejo, pero tácitamente teníamos en claro nuestro rol pasivo, receptivo.

No podría precisar el tiempo que le llevó contarnos con detalles la composición de su familia, la reciente pérdida de su esposo, y la influencia del covid tanto en la muerte como en el sepelio del fallecido, la consecuente mudanza a Buenos Aires, ya que su hija estudia medicina acá. Sus otros dos hijos, que viven en Brasil, tienen hijos y vidas complicadas, al igual que su hermana y el resto de su familia, motivo por el cual aún no saben que es casi definitivo que se queda acá. Nos detalló su situación patrimonial de tal forma que siento haber visitado los condominios de los departamentos que tiene, que poco valen y que menos le garantizan un buen pasar. De hecho, en uno de los apartamentos, hace once años vive ilegalmente una familia que falsificó los documentos para ingresar, ya que él está desempleado y ella tiene cáncer.

Tampoco escatimó información en los gastos de la internación del hombre, que de la nada tuvo un dolor de pecho que culminó en su muerte, ni en el costo del sepelio. Todo en reales, y nosotros, sin hacer conversiones monetarias, acompañábamos las gestualidades propias de la narradora, típicas a quien habla de enormes sumas de dinero.

Momentos tragicómicos a lo largo de toda la historia, por ejemplo cuando quiso pagar una leche con diez pesos argentinos, y la miraron como loca; resulta que en su país una leche cuesta 3 reales aproximadamente, mientras que acá, dice ella, cuesta 70 pesos.

Al cabo de un rato, sin ningún acto protocolar, y de la misma forma en la que gradualmente se incorporó, se despidió. No intercambiamos nombres, ni ningún tipo de información. Hoy, mientras escucho la lluvia, pienso en ella, en su historia, en su actitud casi de espectadora frente a los enormes cambios de su vida, y me pregunto qué habrá significado para ella ese momento compartido en el parque, si es que significó algo. Evidentemente para mi sí, y es por eso que estoy aquí dejando constancia del momento, casi deseando que ella lo lea para seguir escuchándola.