Íbamos a ser el mejor equipo de los últimos 50 años, pero posta.
Íbamos a ser una gran dupla. Yo en lo artístico y vos en lo ejecutivo. Vos ibas a cocinarme de vez en cuando y nos íbamos a reír de que hubiera un clavo en mi comida.
Yo te iba a presentar a mi familia y amigos, con orgullo. Vos ibas a ser uno de los más grandes pasos en mi vida. Un riesgo vertiginoso en el que iba a encontrar en vos la seguridad necesaria para responder todo.
Yo iba a ser el mejor tío político de tu sobrina, iba a dejar que se enfriaran todos los tés que se tuvieran que enfriar con tal de jugar todo el tiempo posible con ella. Para conocerla, para hacerla reír, para aprender de ella. Iba a amar tener una familia política y me iba a esmerar por ser querido. Regalos, charlas divertidas, intereses compartidos, chocolate de rapanuí.
Vos ibas a ser mi calma. Me ibas a enseñar que no se puede controlar todo. Iba a aprender a confiar y a relajar, a soltar. Iba a ser menos estructurado. Iba a necesitar menos y valorar más.
Yo iba a apostar todas mis fichas a vos. A tu mejor versión. A la más libre, la más sincera, la menos estrafalaria. A la más inteligente, analítica y simple.
Íbamos a mirarnos en silencio por horas, en la oscuridad. A lo sumo una mueca de sonrisa. Tu palabra iba a tener para mí el valor de la verdad absoluta, indiscutible.
Yo iba a trabajar todo lo que estuviera a mi alcance para que nuestra relación funcionara con el mismo esmero que vos ibas a no poder blanquear lo que te estaba pasando. La inminente explosión llegó y el daño fue irreparable.
No sé si fue un error de tiempos, no sé si somos personalidades incompatibles, si nunca hubiera funcionado. No sé si realmente vale analizar y preguntarme estas cosas.
Hoy los recuerdos son confusos. Las miradas no tanto. Las certezas inexistentes.