Es la tercera vez que lloro en un espacio público en una semana. Esta vez salí de terapia y estoy sentado sobre la Av. Yrigoyen, de la ciudad de Córdoba, en los escalones de un edificio en desuso. El día está gris y el frío toma todo hueco que permite mi abrigo para ingresar y entrar en contacto con mi piel.
Esta vez -y las otras también- lloro porque me siento derrotado. Me siento vencido. Me siento abatido. Veo el impacto de la crisis económica, social, e institucional. Y veo, al mismo tiempo, que es muy poco lo que puedo hacer.
No es mi subsistencia personal la que me preocupa, aunque se encuentre en juego y la incertidumbre sea mucha. Hace meses que vivo al día a día, no sólo personalmente sino también en cuanto a mis funciones laborales de administración. Vivir al día significa no tener idea de cómo cumplir con las obligaciones asumidas, e ir resolviendo momento a momento.
¿Quién paga el costo de las mayores exigencias y el menor margen de maniobra? Sin dudas los que ocupamos roles en los que hay varias personas que dependen, directa o indirectamente, del resultado de nuestras acciones.
¿Cómo se paga? Con la salud, en mi caso. Síntomas. Síntomas que no encuentran conexión entre sí. Síntomas que de a momentos solo tienen cómo una única explicación el cansancio, el stress. Tengo que bajar un cambio. Tengo que tomar 10 minutos de sol por día. Tengo que dormir bien. Tengo que disminuir las situaciones de conflictividad. Tengo que comer variada y ordenadamente. Etc. Síntomas neurológicos, deficiencia vitamínica, enfermedades autoinmunes. El deterioro del sistema de salud hace lo suyo en si mismo, con la vulneración de derechos consecuente y el paso de un médico a otro en lo que se pone en juego es la visión subjetiva de cada uno de los profesionales. Su conjunto de creencias, la lupa con la que decide examinarme y los experimentos e intervenciones posteriores sobre mi cuerpo. Mis particularidades y mis subjetividades quedan completamente relegadas, porque lo que importa es analizarme dentro de la normalidad. Bajo la pregunta de cuántas horas de actividad física hago por semana no hay muchas respuestas posibles, parece que lo irregular no juega y que no hay margen para la duda. Lo mismo en cuanto a mi orientación sexual, horas de sueño, estilo de vida, alimentación, etc. Se exige la regularidad, la certeza y la rutina casi con el mismo afán con el que muchas veces se demanda una familia perfecta. Perfecta en el peor sentido de la perfección, en el sentido del dogma que separa lo que está bien de lo que está mal y que de nuevo, en variables categóricas, excluye y separa lo normal de lo anormal.
Volvamos al llanto. Lloro, aunque suene raro, por la crisis económica en general. Lloro por la vulneración en derechos en general. Cuando lo pienso en particular encuentro alivio, no me parece para tanto. Me duele pensar en todas las herramientas que tengo para defenderme frente al desastre que es el sistema de salud y que otras personas no tienen. Me duele el problema estructural de este sistema, que está diseñado para excluir y recortar, y que en los últimos años ha encontrado la mayor cantidad de vetas de exclusión posible.
Lloro porque me quejo del frío -hoy en particular me parece inaguantable- y veo a la gente acostada en la calle y me doy vergüenza. Siento que no entiendo ni entendí nada de la vida. Pienso en lo abrigada que es mi campera y lloro un poco más.
Lloro porque veo cómo me ganó el sistema, tan de a poco que no me di cuenta. Lloro porque sé que naturalizo a un niño pidiendo o vendiendo en la calle. Lloro porque sé que no lo veo como un niño, lo veo como parte del collage que está siendo la situación general del país. Lloro porque pienso en la locura que se ve en Buenos Aires, en los borrachos en plena luz del día, en la expresión agresiva por cuestiones mínimas.
Lloro porque pienso en la opresión. En cómo ha cambiado la realidad de cada uno de nosotros, de cada uno de nuestros trabajos. Todos recibimos maltrato directa o indirectamente y todos trasladamos ese maltrato total o parcialmente.
El desbarajuste es de tal magnitud que como manotazo de ahogado se espera más de todos. Los que trabajan en ventas tienen objetivos más altos, (casi) incumplibles. Los que trabajan en atención al cliente tienen que retener, al costo que sea. Los que trabajan gerenciando tienen que bajar los costos, caiga quien caiga. Los que trabajan de manera autónoma tienen que mantener un volumen de trabajo, sea como sea. Es en estas particularidades que nos interrelacionamos. El médico me atiende con 10 pacientes esperándolo en la sala de espera. La secretaria está saturada y por eso no puede explicarme en detalle las cosas. Lo mismo con el empleado del banco, con el taxista, el mozo, etc.
Así como yo creo que todos estos síntomas médicos son pura casualidad, todos creemos que nos pasan cosas en un nivel particular. Pareciera una especie de antimeritocracia, pero en la que el mérito lo hicieron los que supuestamente debieran salvaguardar nuestros derechos.
No hay tiempo y hay mucho malestar.
Escribo estas líneas como descarga de ese llanto público y aliviador, de transitar la angustia y de sentirme un ser sensible y vulnerable, lo cual me da orgullo. No entrar en la alienación típica de estos tiempos de apatía es una victoria personal.
Pero también escribo con la esperanza de que quien lea pueda verse en espejo y podamos empezar a unirnos, a comprendernos, a tolerarnos y a rebelarnos. ¿Qué pasaría si todos, desde el lugar que toque, hiciéramos una acción para no ser funcionales a la opresión?
Creo que llegó el momento de ver que estamos en el mismo barco, y que está entrando el agua. Es tanta el agua que en soledad es imposible sacarla y hasta que no veamos eso estamos condenados al naufragio inminente.
Hago una invitación a vivir el padecer de la otra persona como propio, no por sadismo, sino para buscarle la vuelta y resolverlo.
Yo seguiré llorando en la vía pública, en los bares, en las escaleras de los hospitales. Solo cobrará algún sentido mi llanto si puedo hacer que alguien vea lo que veo. Que la política económica afecta desde el precio del dólar hasta el docente que corrige los exámenes abrumado, pasando por los médicos atestados de pacientes, por los empleados de las obras sociales enviados a recortar al costo que sea, por la gente durmiendo en la calle, por los nenes pidiendo comida, etc.
“Hecha la ley, hecha la trampa”. Esta es una invitación a hacer trampa, a ser ingeniosos, a buscar el hueco en el entramado de opresión que nos permita entrar y romper con ese esquema. De a una victoria a la vez, de a una liberación a la vez. Es una invitación a salvarnos mutuamente, en lo que podamos. Porque no es en general que vamos a poder aliviar un poco la situación actual, sino es en lo particular, en lo subjetivo, en lo cotidiano y persona a persona.