Ella: espiga de trigo reluciente, de corte refinado y simpleza desbordante.
Él: transparencia. Agua cristalina, y agua de río turbulento, inquieto, que con el paso del agua nunca es el mismo río.
En los dos contradicciones. En los dos un poco de día y un poco de noche. En los dos tierra, aire, agua y fuego.
Entre los dos una luz brillante como el sol y pequeña como una nuez.
Sobre los dos una hoja en la que se está escribiendo una historia, su historia.
Los dos cálidos, cómo un hogar que te da la bienvenida.
Él es el azúcar que ella necesita y merece, la dulcifica, la flexibiliza sin que pierda fuerza ni potencia.
Ella lo baja a tierra cuando es necesario, y festeja su vuelo, acompaña su capacidad de volar como quien acaricia a la persona más querida.
Entre ellos son pocas las explicaciones necesarias, porque hay algo que sucede a pesar de ellos. Todo sigue su curso y ellos lo perciben. Dos más dos es cuatro.
En ellos el norte, el sur, el este y el oeste. Porque dejan que la vida les marque el rumbo y tienen la sensibilidad necesaria para dialogar con la vida, para escucharla.
Adelante de ellos un camino desconocido, y ellos están tranquilos. No se adelantan, no están apurados y no tienen que llegar a ningún lado. Ellos saben disfrutar del camino y saben que la vida es eso.
En el agua, en el aire, en la tierra y hasta en los volcanes hay lugar para ellos. Solo con el tiempo sabremos cómo es el camino que recorren.
Muchas cosas tuvieron que pasar para que este encuentro suceda y muchas cosas seguirán pasando, el lápiz sigue escribiendo y la hoja tiene mucho espacio aún.