El poder de la palabra es algo infinitamente poderoso. Pienso que vengo escribiendo textos en primera persona y quiero dar un salto hacia la ficción. No sé qué es lo que me frena para hacerlo. Cada vez que arranco siento que se van a establecer relaciones, que puedo preocupar a alguien, que si lo hago en tercera persona van a creer que soy yo, que si lo hago en primera persona van a creer que es más de lo mismo.
Se ve que el mambo tiene que ver con lo que los demás piensen de mí. Es que la autoficción es muy tentadora, es hermosamente poco comprometida. Ponemos un poco de verdad y un poco de ficción y se genera una comida que me tienta como ninguna otra. Se deja sembrada la duda y que decida quien lea.
Quiero que llegue el día en el que me pregunten por algo que sea enteramente ficción como si me hubiera pasado a mí o el día en el que crean que inventé algo que realmente pasó. Siento que tengo que pedir permiso para hacerlo. No sé dónde dan los títulos de escritores de ficción, o las habilitaciones pertinentes. Quiero ser sutil con el cambio, no hacer nada abrupto, ser delicado y engañar a medida que se va leyendo.
¿Por qué plantear un salto cuando puede ser una hermosa transición, lenta, a gotero? Podría incluir un dato ficcional por texto, luego dos, luego tres, y ver qué pasa con eso.
Cuento que cuando era chico me encantaba tirarme a una pileta y nadar bajo el agua. Largaba el aire y seguía, no paraba. El objetivo era llegar lo más lejos posible, y seguía en apnea un tiempo largo. Siempre pensaba que no tenía que hundirme tanto porque la trayectoria era hacia adelante, por lo menos en la competencia con el grupo era en distancia hacia adelante. De hecho, recuerdo siempre unos manotazos de ahogado para avanzar un poco más antes del desesperado ingreso del aire y el inflar de los pulmones, la expansión de la caja torácica. Me acuerdo de que a veces me dolía la cabeza de tanto aguantar la respiración. Hoy en día no se por qué meter la cabeza abajo del agua me pone nervioso, o me entra agua en la nariz, cosa que nunca me había pasado. Sin dudas debe ser un tema para hablar en terapia, agregarlo a la lista de miedos de los que vengo hablando. Buscar la raíz del problema. No veo relación con bajar las escaleras con la luz apagada, para buscar agua en la cocina, y subirlas corriendo, sintiendo una persecución inexistente. Tampoco le veo relación con mi análisis exhaustivo de los ruidos durante la noche. No hay mayor momento de atención que aquel en el que se presta atención a los ruidos todos, para identificar qué es qué. Sensación de alerta, incertidumbre y búsqueda de certezas que tranquilicen la situación. No puedo identificar tampoco cuándo dejé de poder permanecer mucho tiempo con la cabeza bajo el agua, si fue a partir de algún hecho puntual o no. Si tiene que ver con la inseguridad que me generó confiar ciegamente y luego ser traicionado o si tiene que ver con la necesidad de llevar el control de las cosas. Podría tener que ver con las tantas historias de ahogamientos que conozco, de las ficciones y de la vida. Con la posibilidad real de perder la vida por no estar más tiempo del permitido en un medio preparado para un ser humano. Podría tener que ver con la cantidad de olas que me dieron vuelta a lo largo de la vida, que me arrastraron hasta la costa sin poder respirar, a los tumbos, tragando agua salada y raspándome con la arena hasta poder levantarme mareado. O con haber estado en ese preciso lugar en el que la marea comenzaba a alejarme de la costa, dejar de hacer pie, y tener que nadar y nadar sin entrar en pánico, pero con una desesperación disimulada. Tal vez fue desde el naufragio que tuvimos en esa sudestada en la que tuvimos que saltar al agua e ir a lo de unos desconocidos que nos dieron asilo provisorio en el medio de tanto caos.
¿Qué es ficción y qué es realidad? Es que la realidad tiene estructura de ficción; y una ficción que no refleje una realidad no puede ser más que una pretensión de historia, que un manojo de buenas intenciones.