Hace meses que con una amiga venimos quejándonos de cómo cada vez que mencionamos algo en conversaciones o redes somos atacados luego por una cantidad infinita de publicidades al respecto, con la mala suerte de que en general es algo que ya definimos o que no nos sirve. Tengo mil capturas de bolsones agroecológicos que se comercializan en CABA y GBA que me aparecían mientras me encontraba en Córdoba. Y así, poco a poco, nuestro chat se convirtió en un ida y vuelta de capturas de publicidades post-comentario, hasta que ayer nos topamos con otro algoritmo: el algoritmo de la vida.

Resulta que me encontré en la calle con una señora, que perros jugando mediante, me contó que era cordobesa, del mismo pueblo que la madre de mi amiga, y al consultar si le sonaba el apellido me contó una historia familiar que yo desconocía. Acto seguido corroboro con mi amiga, y todo era cierto, lo que me llevó a pensar en la cantidad de veces que la vida actúa como un algoritmo que nos devuelve, luego de una serie de cálculos milimétricamente diseñados, una situación hecha a medida.

¿Cómo se explica que tras haber escuchado muchas veces la historia de los últimos años de vida de mi abuelo, en los que decidió invertir todo su dinero en la compra de unos autoplanes que culminaron con su ruina económica luego de que la dictadura militar lo obligue a cerrar su teatro, me encuentre casi 30 años después con la persona que se los vendió, vendiéndome a mí un auto que decidí comprar en esa concesionaria sólo por cercanía a mi departamento, en Buenos Aires, a 700km donde ocurrió lo otro?

¿Cómo se explica que el día que decidí volverme a Córdoba, por razones económico-laborales me quede dormido y llegando tarde a clases me suba al subte, me siente en el primer vagón, mire al frente y vea a esa persona de la que no iba a despedirme; y que cuando decidí volver a Buenos Aires me cuenten de alguien que venía en auto y que tal vez podría traerme, resulte ser un compañero del colegio de mi hermano?

La vida nos devuelve permanentemente cosas calculadas para nosotros, y creo que depende de nosotros mismos estar lo suficientemente lúcidos -o locos- como para verlas y dejarnos afectar por ellas. Podemos por ejemplo tener una historia personal con alguien que no conocimos -como mi abuelo-, de quien sólo conocía el relato familiar que se hizo carne en mí al cruzar su historia con la mía. El que le vendió los autoplanes que destruyeron su economía me vendió un auto en el que fui muy feliz. Y este hoy señor, entonces pibe, me comentó lecciones que había aprendido de mi abuelo a quien recordaba a la perfección, y de cierta forma, en ese acto, estaba yo frente a un desconocido que me hablaba de otro desconocido, re-conociéndolo y aprendiendo de él.