Un trabajo que vengo realizando hace unos años, que por suerte se volvió hábito, es el de evaluar permanentemente mis creencias, lo que digo, por qué lo digo, para qué lo digo, pensar de dónde vienen las bases que sostengo luego en el discurso, ver si eso es funcional o no a determinadas estructuras o modelos sociales, etc.
En esa investigación descubrí, por ejemplo, que luego de decir “yo nunca voy a…” todas mis acciones se encaminan para hacerlo. No en el sentido de no lograr las cosas que quiero, sino en las cosas que declaro que no me representan o interesan y luego mis acciones me demuestran lo contrario, por eso busco no hablar más en términos absolutos.
Este proceso también trajo como consecuencia querer una alineación directa entre mi discurso y mis acciones. Ponerle el cuerpo a mis posiciones ideológicas o bien hacerme cargo de que en la práctica no sostengo esas creencias. Verlo, elegir a dónde quiero ir, y trabajarlo.
Con la llegada de la relatividad a mi vida -o mejor dicho: con empezar a verla- todo se volvió cuestionable y aparecieron los grises. De pronto todas las definiciones sobre mi vida se complejizaron, y se poblaron de distintos compartimientos.
La felicidad, el éxito, el fracaso, la tristeza, la realización personal, tienen ahora muchos componentes y es en el equilibrio en el que encuentro la calma. Dejé de creer que existe estar completo y empecé a presenciar el movimiento en cada cosa de mi vida.
El cuerpo tomó un valor fundamental a la hora de las evaluaciones. Qué me pasa por el cuerpo cuando me pasa lo que me pasa. Qué emociones aparecen, desde dónde me conecto con eso, qué me genera, cómo queda mi cuerpo luego del evento. Son algunas de las preguntas que me hago para poder llegar a una suerte de conclusión sobre lo que me está pasando.
La necesidad de etiquetar, de concluir, de comprender, de explicar sigue apareciendo constantemente. A veces de formas ingeniosas me hace pisar el palito, y caigo. Pero cuando lo veo, no me hago más el estúpido, y vuelvo a trabajarlo, sin enojarme por no haberme dado cuenta antes -como me pasaba- sino tomándolo para trabajar.
No sé si está bueno o no vivir la vida de esta forma pero tampoco me lo pregunto. Es lo que me está pasando hoy. Es y ya.
Que alegría estar viviendo en un momento en el que se favorecen los espacios de reflexión, deconstrucción y comprensión. Que alegría tener la edad que tengo en este momento, en el que está pasando todo esto. Que alegría poder ponerlo en palabras y que alegría poder cuestionarlo al segundo siguiente.